La niña de nieve


Sentada en el rincón de la chimenea, la anciana suspiraba quedamente mientras revolvía la sopa: nunca se había sentido tan triste. Muchos, muchos años habían pasado y habían dejado el peso de los inviernos sobre sus hombros y habían encanecido sus cabellos sin traerle siquiera un hijito. Tanto a ella como a su viejo y
querido esposo les apenaba su falta, porque fuera había muchos niños jugando en la nieve. Les resultaba duro aceptar que ninguno fuera en verdad el suyo. Pero, ¡ay!, ahora ya no les quedaban esperanzas de obtener tal bendición. No verían nunca un gorrito de piel colgado de la repisa de la chimenea, ni dos zapatillas secándose junto al fuego.

El anciano trajo un haz de leña y se sentó. Luego, mientras oía a los niños reírse y batir palmas, miró por la ventana. Allí estaban, bailando alegremente alrededor del muñeco de nieve que acababan de hacer.

Se sonrió al ver el evidente parecido que el muñeco tenía con el alcalde del pueblo, tan gordo y pomposo era.

-Mira, Marusha -le dijo a su mujer-. Ven a ver el muñeco que han hecho.

Juntos ante la ventana, se rieron al ver cuánto se divertían los niños. De repente, el anciano se volvió hacia Marusha con una brillante idea.

-Salgamos a ver si nosotros también podemos hacer un muñequito de nieve.

Pero la anciana se rió de él.

-¿Qué dirían los vecinos? Se burlarían de nosotros, seríamos el hazmerreír del pueblo. Ya somos demasiado viejos para jugar como niños.

-Sólo uno pequeño, Marusha, solamente un muñeco pequeñín. Yo me ocuparé de que nadie nos vea.

-De acuerdo, de acuerdo –dijo ella riéndose-, haremos lo que quieras, Youshko, como siempre.

Dicho esto, apartó la olla del fuego, se puso un gorro y salieron. Al pasar junto a los niños, se detuvieron y se quedaron jugando un momento con ellos, porque ahora ellos también se sentían casi como niños. Luego avanzaron con dificultad por la nieve hasta llegar a un bosquecillo; y, detrás de él, allí donde la nieve era blanca y hermosa y nadie podía verlos, se sentaron a hacer el muñeco.

Youshko se empeñó en que debía ser muy pequeño y su mujer estuvo de acuerdo en que debía tener
casi el tamaño de un recién nacido. Arrodillados en la nieve, modelaron el cuerpecito en un abrir y cerrar de ojos. Ahora únicamente les faltaba la cabeza para finalizar. Dos gordas bolas de nieve formaron las mejillas y el rostro, y una muy grande la cabeza. Luego colocaron un puñado para la nariz e hicieron dos agujeros, uno a cada lado, a modo de ojos.

No bien estuvo terminado, retrocedieron para mirarlo, riéndose y aplaudiendo como dos niños. De pronto, se detuvieron. ¿Qué había ocurrido? ¡Algo muy extraño, por cierto! Allí donde estaban los agujeros, vieron dos melancólicos ojos azules que les miraban.

Luego, el rostro del pequeño muñeco dejó de ser blanco. Las mejillas se volvieron redondas, tersas y brillantes, y dos labios rosados comenzaron a sonreírles.

Un soplo de viento barrió la nieve de la cabeza, transformándola en unos bucles muy rubios que escapaban de un blanco gorro de piel y caían sobre sus hombros. Al mismo tiempo, un poco de nieve, resbalando por el cuerpecito, cayó y tomó la forma de una bonita prenda blanca. Luego, de repente y antes de que pudieran reaccionar, el muñeco se había convertido en la más bella niñita que jamás hubieran visto. Se miraron el uno al otro de soslayo e, incrédulos, se rascaron la cabeza.

Pero aquello era tan real como la vida misma. Allí ante ellos estaba de pie la niña, toda de rosa y blanco. Estaba viva de verdad, pues corrió hacia ellos. Y cuando se agacharon para alzarla, puso un brazo alrededor del cuello de la anciana y con el otro cogió el del anciano y les dio a cada uno un beso y un abrazo.

Rieron y lloraron de felicidad y, luego, recordando súbitamente cuán reales pueden parecer algunos sueños, se pellizcaron el uno al otro. Aun así no se creyeron seguros, pues los pellizcos podían ser parte del sueño. Y, ante el temor de despertarse y que se rompiera el encanto, arroparon rápidamente a la pequeña y emprendieron el regreso a casa.

Por el camino encontraron a los niños, que todavía jugaban con su muñeco; las bolas de nieve que les lanzaron por detrás eran muy reales, pero, aun así, también podían haber sido parte del sueño. Aunque cuando estuvieron dentro de la casa y vieron la chimenea, la olla de sopa junto al fuego, el haz de leña a un costado y todo tal cual lo habían dejado, se miraron con lágrimas en los ojos y ya no volvieron a temer que todo aquello fuera un sueño.

De pronto, allí estaban el gorrito blanco de piel colgando de la repisa de la chimenea y los zapatitos secándose al calor del fuego, mientras la anciana cogía a la niña en su regazo y le cantaba suavemente una nana. El anciano puso la mano sobre el hombro de su esposa y ella alzó la vista.

-¡Marusha!

-¡Youshko!

-¡Al fin tenemos una niñita! La sacamos de la nieve, así que la llamaremos Snegorotchka.

La anciana asintió con la cabeza y luego se besaron. Cuando terminaron de cenar se fueron a la cama seguros de que, por la mañana temprano, encontrarían a la niña todavía con ellos. Y no se equivocaron.

Allí estaba, de pie entre los dos, parloteando y riéndose. Pero había crecido y su cabello era ahora dos veces más largo que la noche anterior. Cuando ella los llamó «papá» y «mamá», sintieron un placer tan grande como si fueran jóvenes y estuvieran bailando ágilmente; pero, en lugar de bailar, se abrazaron y lloraron de alegría. Aquel día lo celebraron con un gran banquete. Marusha estuvo ocupada toda la mañana cocinando todo tipo de delicias, mientras su marido daba vueltas por el pueblo para reunir a los violinistas.

Todos los niños y las niñas del lugar fueron invitados; comieron, cantaron, bailaron y se divirtieron hasta el amanecer. Mientras volvían a casa, las niñas hablaban de lo bien que lo habían pasado, pero los niños estaban muy silenciosos; pensaban en la bella Snegorotchka, con sus ojos azules y sus dorados cabellos.

Después de aquel día la pequeña de Marusha y Youshko jugó con los otros niños y les enseñaba cómo hacer castillos y palacios de nieve con salones de mármol, tronos y hermosas fuentes. Parecía que con la nieve y sus finos dedos podía hacer todo lo que quisiera, como si se construyese ella misma. Todos estaban encantados, y, sobre todo, cuando les enseñaba cómo bailaban los copos de nieve, primero con enérgicos remolinos y luego suave y delicadamente, ninguno podía pensaren ninguna otra cosa que en la Niña de Nieve.  Era la pequeña reina mágica de los niños, la alegría de los mayores y la luz de las vidas de Marusha y Youshko.

Pero ya se iban terminando los meses de invierno. Con pasos suaves y firmes se retiraban de las cumbres de las montañas y se perdían detrás del horizonte. La tierra comenzaba a cubrirse de verde, los árboles vestían su desnudez y los pájaros del año anterior cantaban las canciones de este año.

Las flores tempranas derramaban su aroma en la brisa y una ráfaga de aire cálido acariciaba las mejillas y alentaba una grata promesa en el aire. Los bosques, los prados y las fuentes estaban inquietos y conmovidos y un nuevo espíritu todo lo envolvía: Era como si la Primavera, amarrada durante el largo invierno, quisiese pegar el estirón definitivo para poder expandirse libre.

Una tarde, Marusha, sentada en el rincón de la chimenea, mientras revolvía la sopa, cantaba una canción, pues nunca se había sentido tan llena de felicidad. El anciano Youshko acababa de traer un haz de leña que dejó en el suelo. Todo parecía igual que aquella tarde de invierno cuando vieron a los niños bailando alrededor del muñeco de nieve; pero lo que hacía que ahora todo fuera diferente era Snegorotchka, la luz de sus ojos, que, sentada junto a la ventana, contemplaba la verde hierba y el follaje de los árboles. Youshko, que la estaba mirando, se dio cuenta de que su rostro estaba pálido y sus ojos tenían un tono menos azul de lo habitual.

-¿No te sientes bien, pequeña? -le preguntó.

-No, padre -respondió con tristeza-. ¡Ay, añoro tanto la blanca nieve! La hierba verde no es ni la mitad de bonita. Me gustaría que la nieve llegase otra vez.

-Pues ¡claro que sí! La nieve llegará nuevamente -contestó el anciano-. ¿Acaso no te gustan las hojas de los árboles y las flores?

-No son tan bonitas como la pura nieve blanca -y la niña tembló.

Al día siguiente ella tenía un aspecto tan triste y estaba tan pálida que sus padres se asustaron y se dirigieron una mirada de inquietud.

-¿Qué le pasa a la niña? -dijo Marusha.

Youshko movió la cabeza mirando alternativamente a Snegorotchka y al fuego.

-Hija mía -dijo al fin-, ¿Por qué no sales a jugar con los demás niños? Están todos divirtiéndose en el bosque; pero he notado que ahora nunca juegas con ellos. ¿Por qué, querida mía?

-Padre, no lo sé, pero mi corazón parece que se convierte en agua cuando el suave y tibio viento me trae el perfume de las flores.

-Nosotros iremos contigo, hija mía -dijo el anciano-, pondré mi brazo sobre ti y te protegeré del viento. Ven, te mostraremos todas las bellas flores del campo, te diremos sus nombres y tú acabarás amándolas..

Marusha retiró la olla del fuego y los tres juntos salieron de casa. Youshko rodeó a la niña con su brazo para protegerla del viento, pero no habían ido muy lejos cuando el cálido perfume de las flores llegó hasta ellos flotando en la brisa, y la Niña de Nieve tembló como una hoja. Los ancianos la besaron y consolaron y se dirigieron al campo, al lugar donde crecían las flores más bonitas.

De repente, mientras atravesaban un bosquecillo de grandes árboles, un brillante rayo de sol se cruzó como un dardo y Snegorotchka se puso la mano sobre los ojos y lanzó un grito de dolor.

Se detuvieron y la miraron. Por un momento, mientras se desmayaba en brazos del anciano, sus ojos se encontraron con los suyos. Y por su rostro se deslizaban lágrimas que, al caer, brillaban a la luz del sol.

Y comenzó a volverse más y más pequeña, hasta que al fin todo lo que quedó de Snegorotchka -Niña de Nieve, Nievecita- era una gota de rocío brillando sobre la hierba, una lágrima que había caído en la corola de una flor. Youshko la recogió con delicadez y, sin decir palabra, se la ofreció a Marusha.

En ese preciso momento los dos ancianos, Marusha y Youshko, comprendieron que su pequeña y querida niña estaba hecha simplemente de nieve y se había derretido al calor del sol.


https://sites.google.com/site/mimundolasleyendas/Home/cuentos-del-mundo/nina-de-nieve-cuento-ucraniano

Guayota el Maligno




El aire andaba espeso, turbio y ardiente. Las nubes se arremolinaban tropezando entre ellas y las aguas del mar andaban revueltas. Los animales estaban inquietos, hasta la coruja que sólo merodea en lo oscuro, voló bajo la luz. Aquellos signos presagiaban que Guayota estaba próximo. Apareció Guayota y se apoderó de Magec, el sol, dejando el cielo a oscuras. Todo fue una noche cuando aún era el día. Rogaron entonces a Achamán los guanches, para que tuviera misericordia, que devolviese al día sus luces, que su poder librase de todo daño. Achamán atendió las súplicas y acudió dispuesto a defenderlos. Guayota, con Magec prisionero, se había ocultado en los adentros de Echeyde (Teide).

Allí fue a buscarle Achamán. Cuando lo halló, el suelo se abrió en truenos, estampidos y temblores que aturdían a las islas más lejanas. fue el comienzo del combate. Por el cráter de Echeyde, Guayota arrojaba humos, peñascos encendidos, lenguas de lava, azufres y escorias con los que intentaba doblar a Achamán. Aire y cielo se convirtieron en un lamedal hirviente tan encendido en brasas que causaba espanto. Y prosiguió Guayota vomitando fuegos hasta que Achamán, al fin, logró vencerle. Como castigo a su maldad lo encerró para siempre dentro de Echeyde. Después devolvió a Magec al cielo para que siguiera iluminando la tierra, y enseguida el día volvió a ser día y se aquietaron las aguas y las nubes. Guayota, cautivo desde entonces, aún respira en lo más alto de Echeyde.


http://leyendascanarias.blogspot.com.es/search/label/Guayota%20el%20Maligno

El Torico




Según ciertas leyendas, en tiempos remotos las villas eran levantadas en el mismo lugar en el que se abatía a un animal perseguido. En el lugar del abatimiento se erigía un santuario y a su alrededor se edificaba la villa.

En alguno de esos tiempos remotos (1170), los caballeros cristianos de Alfonso II que habían ahuyentado y expulsado a los moros que tenían tomado el territorio turolense, tras recuperarlo, decidieron fundar una villa y amurallarla para así evitar nuevos y futuros ataques moros. No sabiendo donde construirla decidieron por fin que se haría allí donde se abatiese un animal.

Cierta noche, un toro se detuvo bajo una estrella llamada Actuel, en el lugar que hoy ocupa la plaza del Torico y comenzó a bramar insistentemente.
Los caballeros, aunque presos de miedo, tomaron por buena la señal que cielo y tierra les ofrecían en aquella noche estrellada y tras abatirlo decidieron construir allí su villa.

Llegado el momento de asignarle el nombre, acordaron tomar las tres primeras letras de la palabra toro “tor” y juntarlas con las tres últimas de la estrella “uel”, obteniendo así el nombre de TORUEL.


http://www.terueltirwal.es/teruel/leyendas_turolenses.html

El Bunyip y los cisnes negros




Atrás en los distantes días lejanos de la Edad del Sueño, el hijo del líder de una atrevida tribu guerrera se puso en marcha un día en busca de un presente para una doncella. No bastaba con algo corriente; las horas pasaban, hasta que llegó a una gran charca en la que retozaba felizmente un pequeño animal asombroso. Usando su red, el joven capturó pronto a la extraña bestia.

Por la forma, recordaba a un ternero o a un potro, pero su cabeza era parecida a la de un bulldog, con un hocico desafilado y amplias fauces repletas de diminutos dientes. Su cola con aletas era larga y aplanada, sus ojos brillaban como antorchas, y su cuerpo estaba recubierto con un mosaico de escamas iridiscentes. Deleitado, el joven volvió a casa con este maravilloso animal.

Sin embargo, el sabio líder de la tribu quedó horrorizado. Le ordenó a su hijo que volviera a llevar al animal a la charca, pues se trataba de un cachorro de bunyip, y cualquiera que se precipitara a raptar uno de ellos tendría que enfrentarse pronto con la terrible cólera de su madre.

Pero ya era demasiado tarde. Un espantoso rugido como el de todas las tormentas de relámpagos del verano a la vez hizo eco por la tierra, y la gente temerosa vio que los ríos y los lagos se habían levantado, sumergiendo los valles y las llanuras en una inundación completamente arrolladora. En un éxodo desesperado, la tribu salió corriendo a las montañas, pero el hijo del líder aún no había renunciado al pequeño dragón de agua.

De repente, una enorme sombra negra cayó sobre la gente que huía. Era el bunyip madre, una inmensa imagen de escamas brillantes, dientes rapaces y una rabia de reptil monstruosa.

Finalmente, dándose cuenta de su desmesurada locura, el joven abrió los brazos para liberar al cachorro de bunyip – pero ya no eran brazos. Se habían convertido en un par de alas con plumas. Dio un grito de terror, pero su grito no era el de un hombre. En su lugar, era el triste graznido de un extraño nuevo pájaro con cuello largo y delgado, pico rubí y plumaje tan negro como la sombra de la madre bunyip. Miró a sus compañeros y vio que también estaban transformados.

Al fin, la madre bunyip volvió con su cría, y las aguas volvieron a su antiguo nivel, dejando atrás lo que una vez había sido una tribu de humanos, pero que ahora era una bandada de cisnes negros, la primera que se había visto en el mundo.


http://tejiendoelmundo.wordpress.com/2011/02/07/la-leyenda-del-bunyip-y-los-cisnes-negros/#more-17947

Eguzkilore




Hace miles y miles de años, cuando los seres humanos comenzaron a poblar la Tierra, no existían ni el Sol ni la Luna. Hombres y mujeres vivían en constante oscuridad, asustados por los numerosos genios que salían de las entrañas de la tierra en forma de toros de fuego, caballos voladores o enormes dragones.

Los seres humanos, desesperados, decidieron pedir ayuda a la Tierra.

—Amalur, Madre Tierra —le rogaron—, te pedimos que nos protejas de los peligros que nos acechan.

La Tierra estaba muy atareada y no hizo caso a los seres humanos, pero tanto y tanto insistieron que al final les atendió.

—Hijos míos —les dijo—, me pedís que os ayude, y eso voy a hacer. Crearé un ser luminoso al que llamaréis Luna.

Y la Tierra creó la Luna.

Al comienzo, los seres humanos se asustaron mucho y permanecieron en sus cuevas sin atreverse a salir, pero pronto se acostumbraron a su luz.

Al igual que los seres humanos, los genios y las brujas se habían atemorizado al ver aquel objeto luminoso en el cielo, pero también se acostumbraron, y no tardaron en salir de las simas y acosar de nuevo a los humanos.

Acudieron una vez más los seres humanos a la Tierra.

—Amalur —le dijeron—, te estamos muy agradecidos porque nos has dado a la madre Luna, pero aún necesitamos algo más poderoso, puesto que los genios no dejan de perseguirnos.

—De acuerdo —respondió la Tierra—, crearé un ser todavía más luminoso al que llamaréis Sol. El Sol será el día y la Luna, la noche.

Y la Tierra creó el Sol.

Era tan grande, luminoso y caliente que los hombres tuvieron que acostumbrarse a él poco a poco, pero su gozo fue muy grande porque gracias a su calor y a su luz crecieron las plantas y los árboles.

Sin embargo, los genios y las brujas no pudieron acostumbrarse a la gran claridad del día, y entonces sólo pudieron salir de noche.

Otra vez fueron los seres humanos a ver a la Tierra.

—Amalur —le dijeron—, te estamos muy agradecidos porque nos has dado a la madre Luna y a la madre Sol, pero aún necesitamos algo más, porque aunque durante el día no tenemos problemas, al llegar la noche los genios salen de sus simas y nos acosan.

Nuevamente, la Tierra escuchó sus súplicas.

—Está bien. Voy a ayudaros una vez más, pero ésta será la última. Crearé para vosotros una flor tan hermosa que, al verla, los seres de la noche creerán que es el propio Sol y os dejarán tranquilos.

Y la Tierra creó la flor del sol, eguzkilorea, que hasta nuestros días defiende las casas de los malos espíritus, los brujos, las lamias, los genios de la enfermedad, la tempestad y el rayo.


http://mitologiadevasconia.amaroa.com/leyendas/eguzkilore

La encina del dolor




A las afueras de Tarragona existe una finca llamada Mas Morató. Cerca de la actual entrada había, hasta los primeros años del pasado siglo XX, una encina enorme, varias veces centenaria, que todo el mundo conocía como “la encina del dolor”.

Cuenta la leyenda que, hace unos siglos, vivía en la masia una familia con una hija única, “la pubilla”. También vivía con la familia un tío soltero al que daban albergue casi por compasión. Era un hombre arisco que despertaba las antipatías de cuantos le conocían.

La pubilla, hermosa y alegre, estaba enamorada de un joven, muy buena persona pero de condición modesta, vecino del cercano pueblo de la Secuita.

Al tío no le gustaba la relación ya que estaba convencido de que cuando se casara la pubilla con el joven, le echarían de casa.

Esta idea se convirtió en una obsesión y continuamente pensaba en cómo deshacer aquel futuro matrimonio.

Aprovechando que el joven iba y venía del pueblo al acabar su jornada, de noche, para visitar a su amada, el tío lo esperó oculto en la oscuridad y lo asesinó a golpes de hacha. Después arrojó su cuerpo junto a una finca cercana.

Posteriormente su extraña conducta le traicionaba constantemente y le puso bajo sospecha. Un día, viendo acercarse a los guardias, huyó y jamás volvió a saberse de él, confirmando las sospechas generales.

La muchacha, al comprender la tragedia, se sumió en una profunda desesperación. Al cabo de unos días, los payeses que con sus carros pasaban por la carretera vieron su cuerpo colgado de la gran encina.

Dicen que desde aquel día las ramas de la encina crecieron hacia abajo y la llamaron “la encina del dolor” en recuerdo de lo ocurrido.

Hoy existe el lugar, pero ni rastro de la encina.


http://www.tarragona-goig.org/tarragones/jnoguera1.htm

Las dos piedras




Cuenta la leyenda que en tiempos del joven cacique Guacumao, hijo de Canimao y Cibayara, vivía una joven de belleza extraordinaria llamada Aibamaya. La joven tenía enloquecidos a los hombres del poblado de Yucayo, para quienes conquistarla era más importante que asumir las tareas que debían favorecer a la comunidad aborigen.

Cibayara había contado a su hijo Guacumao la profecía del behíque Macorí, quien auguró que de ella nacería un hombre que convertiría en piedra a una mujer que mataba por amor. Y una noche el cacique soñó que una mano gigantesca lanzaba murciélagos y con gestos le ordenaba llevar a Aibamaya hasta una de las puntas donde terminaba la bahía, lugar hoy conocido como Punta Maya.

Al despertar narró a su madre lo sucedido, y coincidieron en que era una respuesta del dios Bagua, y que la mujer se transformaría en piedra. Guacumao llevó a Aibamaya hasta el punto indicado, y allí permanecieron por varias semanas. El amor sorprendió a ambos, y el joven cacique sintió a la vez la dicha de saberse amado y la tristeza de conocer lo efímero de su dicha.

Y desaparecieron. Nunca más se supo de ellos. Pero cuentan los pescadores que en las noches claras se ven dos rocas blancas bajo el agua del mar, que no son más que Guacumao y Aibamaya, unidos para siempre entre los linos del litoral matancero.


http://www.matanzascuba.org/leyendas/dospiedras.html

La sirena de Varsovia


Cuenta la leyenda que dos sirenas fueron nadando desde el Océano Atlántico hasta el Mar Báltico. Una de ellas atraída por unas rocas se acercó al puerto de Copenhague y allí se quedó. La otra sirena continuó nadando por el Mar Báltico hasta llegar al golfo de Gdansk desde allí continuó nadando por el río Vístula. El río la condujo a la ciudad vieja de lo que ahora es el centro de Varsovia y allí decidió quedarse.

Los pescadores de la zona ponto empezaron a notar como alguien andaba enredando las redes y liberando los peces. Los pescadores sorprendidos por su canto, no le hicieron daño. Un rico mercader pensando en el dinero que podría sacar con el canto de la sirena la secuestró un día, pero el hijo de un pescador fue a su rescate, la liberó y la trajo de vuelta a la ciudad.

La sirena agradecida, prometió que siempre defendería la ciudad y por eso aparece en el escudo de la ciudad la sirena con un escudo y una espada.


http://todopolonia.blogspot.com.es/2011/02/sirena-varsovia.html

El brujo de Bargota




Era un clérigo, nigromante y aventurero que vivió en Bargota durante la segunda mitad del siglo XVI y su nombre real era Joanis o Ioannes Mellado. Nació en la localidad riojana de Rincón de Soto, y hay quien dice que su madre fue bruja y que asistía a los aquelarres que se celebraban en los llanos sorianos de Barahona.

Estudió en Salamanca, donde alternó el Trivium y el Quadrivium con otras enseñanzas que se impartían en la famosa cueva de San Cipriano donde se asegura que daba clases el mismo diablo.

Al terminar sus estudios (tanto los oficiales como los prohibidos) Ioannes se estableció de clérigo en la parroquia de este pueblo navarro, un beneficio que le correspondía en tanto que era el segundo hijo de su familia. Y aquí ejerció sus oficios, el sacerdotal y el hechiceril, sirviéndose de las enseñanzas que había adquirido, aunque nunca los empleó para hacer daño a nadie.

Cuentan de él que sus feligreses dejaban a menudo de verlo desde la tarde del sábado hasta el domingo a la hora de la misa, en la que aparecía sudoroso y resollante, como si hubiera recorrido un largo camino. En ocasiones al llegar, se sacudía la nieve antes de entrar para asistir a los oficios religiosos que se celebraban en la iglesia de Santa María de Viana, aunque fuera pleno verano, quejándose de los fríos que soplaban por los Picos de Urbión y los Montes de Oca, que se encuentran a varias leguas de allí y de los que se suponía venía volando. Otro día se puso una capa y voló hasta Madrid para ver una corrida de toros.

En 1599, una cofradía de arcabuceros de Torralba, compuesta por píos servidores de la Iglesia, lo denunció al Santo Oficio de Logroño por actos de magia y encantamiento, sus asistencias a tertulias de tranquilladores, peleires, aquelarres y, sobre todo, su presencia en el lugar donde se ocasionó la muerte del conde de Aguilar (que no tuvo intervención directa) motivaron su prisión por el Tribunal de la Inquisición de Logroño, figurando entre las causas que se celebraron «La cieguecita de Viana» y «Los brujos de Zugarramurdi». Apenas lo prendieron, logró desaparecer de los calabozos y regresar a Bargota como si nada hubiera sucedido.

Poco antes de iniciarse el célebre proceso a los brujos de Zugarramurdi los días 7 y 8 de noviembre de 1610, volvieron a prenderlo, esta vez en compañía de un convento hechiceril que tenía su sede en Viana y que celebraba sus reuniones cerca de la laguna de las Cañas, en el llamado prado de Barragán.

La Inquisición pudo prenderlos gracias a una colección de conjuros que encontraron en los sótanos de la casa del conde de Aguilar, que había muerto en extrañas circustancias poco tiempo antes. La reina de aquel aquelarre era una muchacha ciega de Viana a la que llamaban "La Ciega Endregoto"; y el cura Ioannes no se mostró reticente a la hora de confesar sus debilidades y sus relaciones con aquel conventículo.

Parece ser que contó con detalle ("vestido de loba y ferruelo de luto, con una vela amarilla en la mano y con un sambenito doble colgado al cuello, en el cual se leía: Señor, perdonad al nigromante") cómo discurrían sus reuniones, los caminos que seguían para acceder a la laguna y hasta el tipo de escobones que utilizaban en sus desplazamientos, cuando no tenían a mano murciélagos o búhos o esqueletos de animales que les transportasen.

Contó incluso que, ya reunidos en el lugar previsto, a las once y media de la noche sonaba un trueno terrible que les anunciaba la presencia inmediata de Satanás y que a las doce comenzaba la misa negra, que se prolongaba hasta el segundo canto del gallo.

Lo curioso de aquel proceso es que, mientras sus compañeron fueron condenados a penas severas (aunque ninguno fue quemado), el brujo Ioannes apenas fue condenado a un leve sambenito y a la obligación de cumplir una penitencia en oraciones. Después de cumplir la pena de prisión regresó a su pueblo natal de Bargota, después de un ejemplar arrepentimiento.

Se comentó que tenía un padrino muy especial que lo protegía desde el anonimato, al parecer porque se trataba de una alta personalidad de la corte a quien el brujo había puesto sobre aviso de un grave atentado del que, gracias a él, pudo salvarse.

También se le atribuye la construcción en una sola noche de los corrales de Arenchu. Se cuenta que le ayudaron los "enemiguillos" que encerraba dentro de un canuto.

Se dice que fue un obispo, Antonio de Guevara, quien demostró que existió históricamente el brujo de Bargota. Los últimos estudios realizados demuestran que existió en el siglo XV, pero no en el siglo XVI. Por eso no aparece en los textos recogidos del proceso inquisitorial que se llevó a cabo en Logroño.


http://www.reclinux.net/david/viana/leyendas01.htm

El caballo blanco




En una aldea había un anciano muy pobre, pero hasta los reyes lo envidiaban porque poseía un hermoso caballo blanco. Los reyes le ofrecieron cantidades fabulosas por el caballo pero el hombre decía:

- Para mí, él no es un caballo, es una persona. ¿Y cómo se puede vender a una persona, a un amigo?

Era un hombre pobre pero nunca vendió su caballo. Una mañana descubrió que el caballo ya no estaba en el establo. Todo el pueblo se reunió diciendo:

- Viejo estúpido. Sabíamos que algún día le robarían su caballo. Hubiera sido mejor que lo vendieras. ¡Qué desgracia!.

- No vayáis tan lejos -dijo el viejo-. Simplemente decid que el caballo no estaba en el establo. Este es el hecho, todo lo demás es vuestro juicio. Si es una desgracia o una suerte, yo no lo sé, porque esto apenas es un fragmento. ¿Quién sabe lo que va a suceder mañana?.

La gente se rió del viejo. Ellos siempre habían sabido que estaba un poco loco. Pero después de 15 días, una noche el caballo regresó. No había sido robado, se había escapado. Y no solo eso sino que trajo consigo una docena de caballos salvajes.


http://leyendas-de-oriente.blogspot.com.es/2013/06/juicio-equivocado.html

La muñeca Matrioska




Había una vez un virtuoso carpintero ruso llamado Serguei, que se ganaba la vida tallando los más hermosos objetos de madera: instrumentos musicales, juguetes… Todas las semanas, se enfrentaba al frío del bosque para buscar madera y así construir nuevos objetos. La mañana que le tocaba salir para recolectar material, se encontró todo el campo cubierto de una gruesa capa de nieve. La noche había sido cruenta, y el carpintero rezó para que la fortuna le sonriera. Sin embargo, toda la madera que encontraba en su camino estaba húmeda, y tan sólo le servía para calentarse al fuego.

Abatido por el cansancio, decidió retornar a su hogar y probar suerte al día siguiente. Cuando se disponía a dar media vuelta, le llamó la atención un bulto que sobresalía de un árbol. Al acercarse, comprobó que se trataba de un trozo de madera espléndido, el más bello que había visto en su vida. Presto como el rayo, regresó a su estudio, pero tardó varios días en decidir qué tallar. Finalmente, se decidió e ideó una preciosa muñeca.

Era tan bonita, que convino no venderla sino quedársela para que le hiciera compañía. “Te llamaré Matrioska“, dijo a la inerte figura. Cada mañana, al levantarse se dirigía a su única compañera: “buenos días, Matrioska”. Un día, ésta le respondió: “buenos días, Serguei”. El carpintero se sorprendió, pero en vez de sentir miedo, se sintió feliz por tener alguien con quien hablar.

Al tiempo, el carpintero percibió que Matrioska estaba triste y le preguntó qué le ocurría. Ésta le contestó que veía cómo todo el mundo tenía un hijo o hija, y que ella anhelaba tener uno. “Tendré que abrirte y sacar madera de ti, y eso será muy doloroso”, le contestó Serguei. A lo que ella le replicó: “En la vida, las cosas importantes requieren de pequeños sacrificios”. Y ni corto ni perezoso, éste talló una réplica, más pequeña, y la llamó Trioska. Ya no sentiría sola.

Pero el instinto maternal se apoderó también de Trioska y Serguei accedió a que ésta también tuviera una hijita. Esta vez se llamaría Oska. Pero Oska también quería descendencia. El carpintero comprobó que apenas quedaba madera dentro de Oska, como mucho podría haber una muñequita más. Tras reflexionar, talló un muñeco diminuto -al que bautizó como Ka- con bigotes, lo puso frente al espejo y le dijo: “eres un hombre no puedes tener hijos”.

Entonces, metió a Ka dentro de Oska. A Oska dentro de Trioska y a Trioska dentro de Matrioska. Un día, misteriosamente, Matrioska desapareció con toda su familia dentro. Serguei quedó desolado.


http://sobreleyendas.com/2010/02/28/la-leyenda-de-la-muneca-matrioska

El Runapuma




Cuentan que antiguamente, existían brujos maleros que llegaban a tener pactos con los demonios de la selva. Eran poderosos haciendo el mal y sus afanes de tener cada vez más y más poder llegaban al estado en que tenían necesidad de beber sangre y comer carne humana. Claro, estos brujos vivían en lo más apartado de la selva y casi siempre solos. Dominaban los secretos para transformarse en Runapuma, cuando sentían necesidad de alimentarse. Hacían sus invocaciones por medio de “cantos mágicos de poder” pidiendo fuerza a los demonios del monte y entonces se convertían en hermosos jaguares hambrientos totalmente negros. Así, atacaban a sus víctimas, sin importarles que estuvieran armadas o en compañía de otras personas. No le temían a nada ni nadie porque se sentían protegidos. Satisfecho su apetito, volvían a convertirse en hombres casi normales.

Por esta razón se cree que los jaguares melánicos, totalmente negros o yanapumas son mensajeros del más allá o poderosos brujos capaces de tomar forma humana e incluso icarar o maldecir la comida desde lejos. Estos otorongos negros son temidos por esa razón.


http://leyendasbeforethedark.blogspot.com.es/2011/09/el-runapuma.html

'El sueño del santo', una historia que explora las fuerzas telúricas




El escritor aragonés Juan Herraz acaba de publicar El sueño del santo, una historia con tintes de leyenda que plantea un enigma relacionado con las fuerzas telúricas:

El mundo gira en torno a un eje desconocido. Por minúsculo que sea un punto de nuestro planeta, puede convertirse en el centro de un Universo que focalice milagrosamente toda la energía en su reducido espacio.

Undués de Lerda es un pequeño y encantador pueblo del prepirineo aragonés, pero hace varios siglos que un santo soñó que se convertiría en un lugar muy especial. El azar terminó por sentenciar su destino.

Los personajes en torno a esta historia tratarán de racionalizar, discernir de alguna forma, lo que la predestinación tiene reservado para toda la humanidad partiendo de ese singular punto. Desde estas páginas el pequeño pueblo de Undués de Lerda entroncará con otras ciudades: Logroño, Madrid, Munich o Roma. Su realidad se acabará extendiendo más allá de estos y muchos otros lugares mundialmente reconocidos.

Tal y como sucede en Undués, el origen y el fin de muchas cosas importantes parten de detalles que se escapan al conocimiento. Una vez más, la duda se planteará sobre si el ser humano puede intervenir en esos planes ignotos y cambiar para siempre lo esencial, o por el contrario si sólo puede contemplar lo que ocurre, como quien ve crecer la hierba…

El santo al que hace referencia el título del libro es San Virila, que tiene su propia leyenda que ya publicamos aquí en su momento.


Más información: http://www.juanherranz.es
El libro se puede adquirir en www.casadellibro.com


El troll engañado




Un granjero, que tenía un pequeño montículo en sus campos, decidió que no iba a dejarlo sin cultivar, y empezó a trabajarlo con su arado. Entonces el Troll, que vivía en el montículo, salió y preguntó quién era tan desafiante como para arar en su techo. El granjero le dijo que él no sabía que aquello fuera su techo, y también le dijo que era una desventaja para ambos dejar la tierra sin cultivar; que él quería arar, sembrar y cultivar cada año, y que iba a dar al Troll un año lo que creciera del lado de arriba y se iba a quedar él lo de abajo, y al revés al año que siguiera. El Troll estuvo de acuerdo con esto, y el primer año el hombre cultivó zanahorias, y al otro, maíz, y dio al toll los tallos de las zanahorias y las raíces del maíz. Desde ese momento hubo un buen entendimiento entre ambos....aunque hay otra que dice que el granjero intento engañar al troll cultivando siempre algo que daba raíz bajo tierra...


http://leyendasbeforethedark.blogspot.com.es/2009/07/el-troll-enganado.html

La boa de la ermita del Carmen




Cuenta la leyenda que, un joven pastor, en su trasiego por el campo, encuentra una boa cría por la que se encariña. Durante mucho tiempo son inseparables compañeros, colmando las largas horas de soledad en el campo. El bastardo acudía a comer al silbido del pastor y éste, correspondiendo a su fiel amiga, la alimentaba con leche recién ordeñada de su rebaño, hasta que un fatídico día recibe la mala noticia de tenerse que incorporar a filas. Con mucha pena, en su obligación de servir al Rey, la tiene que abandonar.

Tras pocos meses, el ahora soldado, siente gran nostalgia y anhelo por su pueblo, la libertad y el aire que le procuraban las largas horas que pasaba en el campo despiertan en él una gran tristeza. Lejos de acomodarse a la nueva situación, irrumpe en su cabeza la idea de convertirse en desertor y escapar de aquella disciplina que lo atrapaba entre las cuatro paredes del cuartel. No madurando mucho la idea, la lleva a cabo sin tener en cuenta las consecuencias.

Apenas unos días disfruta de la ansiada libertad antes de ser capturado y sometido a un juicio sumarísimo en el que es condenado a pena de muerte.

Mientras tanto, en su pueblo, la gente estaba atemorizada porque la boa había crecido tanto que estaba causando estragos en el ganado, sin que nadie fuese capaz de remediar esta situación de caos y terror. El Gobernador, preocupado, tiene constancia de la relación que tenía el ajusticiado con el reptil. En un atisbo de esperanza, propone al joven pastor que en el supuesto de que capture y mate a la alimaña le será conmutada la pena de muerte por libertad absoluta.

Es tanto el aprecio que siente el joven por el animal que aún así duda en aceptar el ofrecimiento del Regidor. Por fin, tras mucho meditar y abrumado por el temor de los vecinos accede a la propuesta.

Con la ayuda de un caldero, un espejo y una lanza el joven pastor, encomendándose a la Virgen de la que era muy devoto, se dispone a dar muerte al reptil. Para ello, pone de cebo el recipiente lleno de leche y, estratégicamente situado, el espejo tras el cual se esconde. La bestia, atraída por el familiar silbido y por el olor del líquido cremoso, se arrastra hasta él. Cuando el joven lo ve oportuno refleja en sus ojos los rayos del sol quedando momentáneamente cegada; aprovechando esa circunstancia, le clava la lanza y da muerte. Apenado por haber matado a quien él con tanto cariño había criado y en agradecimiento a la intersección de la Virgen por salir ileso de tan arriesgada empresa, cedió el cuerpo de la boa a la iglesia del pueblo.

Esta es la leyenda que se ha trasmitido durante generaciones sobre la historia de la boa de la Ermita del Carmen del Camino, si bien, se cree, de forma más prosaica, que la debió de donar un indiano que la capturó a su paso por las Américas.


http://www.conocerzamora.com/leyendasboa.htm

El fantasma del Canto de la Forca




En aquellas pasadas épocas cuando los hombres vivían recias costumbres, y corrían entre las gentes de amplia credulidad las supercherías y los mitos, acusaron de brujo o nigromante a un vecino de Valdelugueros.

Se produjo el espanto entre las sencillas familias del contorno, y se denunció el caso ante los Jueces de Los Argüellos, que se reunían en Concello en La Collada del Coto.

Los Jueces, acompañados de los "hombres buenos", y representando a las Tres Tercias: Lugueros, La Mediana y La Tercia, determinaron castigar al brujo.

Los ecos del castigo entraron por los recovecos calizos de las Hoces de Valdeteja; sembraron de pavor los más recónditos confines de la Tercia de Lugueros, subieron por Cerulleda, se extendieron por Valverde de la Cuerna, y por las vegas acariciadas por el río Curueño.

Era una gran desgracia en la comarca que aflorara un brujo en el vecindario, que echaría el mal de ojo a los ganados, y abortarían las vacas, se morirían las ovejas, quedarían machorras las novillas, y los cerdos segovianos comprados en los mercados de Boñar no comerían el centeno, presagiando una deficiente matanza para los Sanmartines.

Un brujo no se podía admitir entre las gentes del lugar. Y al vecino brujo se le condenó a morir en la hoguera, y se le quemó con leña verde de piorno, para que se asfixiara con el humo antes de tostarse con las llamas.

Pero el brujo Colás no se murió. Quedó expuesto por la noche, atado al madero y sobre el rescoldo de las ramas de los piornos.

Alguien se apiadó, lo recogió y lo tuvo en su casa hasta restablecerse por completo. Pero Colás ya no sería el hombre vivo entre los vivos. Sus carnes quedaron quemadas, sus facciones desfiguradas, que infundían pavor, y Colás huyó a los montes.

Día tras día, con paciencia jobiana consiguió adiestrar a un gato montés en el sanguinario oficio de arañar a las gentes hasta dejarles la cara llena de costurones sangrientos, si sobrevivían la prueba.

Era la venganza de Colás para las gentes que no admitían que era más inteligente que los demás.

El fantasma se dejó ver varias veces. Le llamaban EL FANTASMA DE LA FORCA, porque cerca de la Forca del Curueño apareció una noche ahogado en el río; después de tener a la Tercia de Lugueros sumida en el pavor de la tensión y el miedo.

(Leyenda leonesa)


http://www.saber.es/web/biblioteca/libros/mitos-leyendas-tierra-leonesa/html/35.htm

La paciencia




Un mandarín, a punto de asumir su primer puesto oficial, recibió la visita de un gran amigo que iba a despedirse de él.

- Sobre todo, sé paciente – le recomendó su amigo – y de esa manera no tendrás dificultades en tus funciones.

El mandarín dijo que no lo olvidaría.

Su amigo le repitió tres veces la misma recomendación, y cada vez, el futuro magistrado le prometió seguir su consejo. Pero cuando, por cuarta vez, le hizo la misma advertencia, estalló:

- ¿Crees que soy un imbécil? ¡Ya van cuatro veces que me repites lo mismo!

- Ya ves que no es fácil ser paciente: lo único que he hecho ha sido repetir mi consejo dos veces más de lo conveniente y ya has montado en cólera – suspiró el amigo.


http://leyendas-de-oriente.blogspot.com.es/2013/04/cultivando-la-paciencia.html

Los diablos del monte




Don Lobo, un experto montaraz, iba casi a diario cazar Huanganas en un monte lejano y solitario. En la búsqueda de los cerdos salvajes, encontró un día, un bosque de wicungos con sus frutos ya maduros, frutos que son el alimento predilecto de estos animales salvajes. Los recogió pacientemente y llenó su bolsa de chambira.

En el suelo, quedaban aún las frescas pisadas de las Huanganas. (Son de una gran manada), se dijo a sí mismo don Lobo. Esa información fue suficiente para él y retornó a su casa contento de su suerte. Al día siguiente regresó al mismo lugar para levantar una barbacoa, una especie de altillo, desde donde dispararía a sus presas.


Como era un experto, no tardó demasiado tiempo en construir la barbacoa. Sacó sus pertrechos de caza. Sus cartuchos envueltos en un plástico, su infaltable cigarro siricaypi y su linterna de cuatro pilas. Su cuchillo nuevo de cocina brillaba en lo alto.

Después de regar los wicungos debajo del árbol, el montaraz se subió a la barbacoa y templó rápidamente su mosquitero viendo que los zancudos aparecían por miles. Y antes de entrar a refugiarse de los insectos frotó su cuerpo con unas hierbas hediondas, para que los animales no sientan su presencia.

Y mientras esperaba la llegada de la manada de Huanganas, pensó: “Si vienen cien Huanganas en la manada, trataría de matar sólo cincuenta", se decía emocionado, pero los cerdos no llegaban, y seguía hablándose a sí mismo: “con cincuenta tengo para sacar quinientos soles, si es que me pagan a diez cada una. Más las pieles, que los venda a tres soles nomás, son ciento cincuenta, sumando obtendría seiscientos cincuenta, hasta les podría hacer una rebajíta..."

Sacando sus cuentas, el montaraz, ocupaba su mente en la soledad del monte. Pero, los animales no aparecían y la noche avanzaba, felizmente para don Lobo la luna alumbraba el bosque con su luz amarilla y en los claros era fácil distinguir a cualquier animal.

De pronto, comenzó a percibir el griterío de los animales. “¡Ya vienen!", se alegró el montaraz.

Inmediatamente preparó su arma. Cargó su linterna con las pilas nuevas que había comprado en la bodega, y por una rendija del mosquitero, con el cañón del arma hacia afuera, espiaba atento cualquier movimiento.

Repentinamente los gritos se alejaron, al parecer, las Huanganas habían elegido otro wicungal ese día.

Al poco rato, le sobrevino un sueño al cazador, y para no dormirse encendió su cigarro. Y ocupó su mente otra vez para no caer en los brazos de Morfeo. “Con la plata de la venta, me compraré dos pashnas preñadas. Que nazcan, pues, seis de cada parto, tendría doce, más las dos madres, tendría catorce. Cuando crezcan y se empreñen, nacerán..."

A las doce de la noche, cuando cabeceaba de cansancio, unos gritos extraños le despertaron. El sabía que las voces no eran de las Huanganas, ni de los Sajinos, era ya muy tarde para que sean ellos, por eso prestó mayor atención. Después de unos minutos vio, que por el camino de los cerdos, se acercaban hacia él varios hombres, humanos como nosotros, vestidos de negro y con el rostro cubierto hasta la nariz por un trapo rojo.

Se sentaron debajo del altillo. Prendieron sus lámparas y sobre una mesa improvisada comenzaron a jugar a las cartas. Apostaban bastante dinero. Jugaban con monedas que brillaban como si fueran de oro.

Don Lobo, un hombre que no le tenía miedo al monte, ahora sí que empezaba a asustarse. Pero, lo que le daba valor era que los extraños no se habían dado cuenta de su presencia.

Terminado el juego se entretuvo escuchando durante horas algunas historias de cómo esos hombres se habían perdido en la inhóspita selva. Contaban, con lujo de detalles, lo que les había pasado. Uno de ellos contó que encontró en su camino a un hombre que le hizo perder en el bosque con mentiras de encontrar mejor caza en la falda de un cerro. Otro contó que una manada de tigres negros comenzaron a perseguirle día y noche, pero que, aparentemente no le querían comer, sino asustar.

El montaraz, que ya estaba a punto de dormirse cuando llegaron los diablos, se despertó del todo al oír una historia que le impresionó, dijo el hombre, que regresando de mantear, sus perros lo desconocieron y comenzaron a ladrarle como si fuera un extraño. Dijo que trató de conquistarles con caricias, pero los canes no permitían que se acerque.

Entonces no tuvo más remedio que hacer uso de su arma y matarlos. Y al rato, después de estar muertos, los perros se levantaron, y así heridos le perseguían todo rabiosos, y cuando le alcanzaban le desgarraban las piernas a mordiscones: Entonces, para escapar de los sanguinarios perros se trepó a un árbol en donde esperó la noche, y se salvó de los malditos canes cuando, por arte de magia, desaparecieron al ver que unos hombres vestidos de negro llegaban a jugar las cartas.

Don Lobo, ahora sí que estaba aterrorizado, pero, aún pensaba. Al notar que el aguardiente se les había terminado a los shapshicos, lanzó un chorro de orina haciendo caer sobre la mesa de juego.
¡Vino del cielo!.......¡Vino del cielo! - gritaban alegres los diablos.

Y agarrando sus vasos trataban de embocar en el cañito. Los hombres. de negro se disputaban el líquido que luego tomaban saboreándolo y como estaban borrachos ya no distinguían los sabores.

Al llegar la madrugada, los diablos se despidieron citándose para la próxima semana. Don Lobo, aún desconfiado, se bajó de la barbacoa con la esperanza de que a alguien se le hubiere caído, por lo menos una monedita. Su sorpresa fue muy grande, debajo del árbol no había quedado ninguna huella de gente extraña.

Entonces el montaraz regresó a su casa preocupado. Y antes que lIegara a sus linderos sus perros comenzaron a ladrarle y a morderle las piernas como si no le conocieran. Entonces don Lobo no tuvo más remedio que matarlos y regresar al monte.


http://leyendas-peru.blogspot.com.es/2012/10/los-diablos-del-monte.html