Leyendas árabes sobre gatos




Cuenta una leyenda, que la gata favorita de Mahoma, Muezza, estaba profundamente dormida sobre la túnica del profeta, cuando alguien le llamó. Entonces, para no interrumpir el descanso de su animal favorito, cortó su túnica y abandonó la habitación muy despacio, con extremo cuidado y volviendo la vista hacia atrás enternecido.

Los turcos describen la curiosa variedad de gatos blancos con ojos dispares como "regalos de Alá" o "tocados por Alá". Quizá porque algunos gatitos blancos nacen con marcas de color en su cabeza, las llamadas "marcas de Alá". O tal vez porque Muezza, la gata idolatrada por Mahoma de la que ya hablamos, era un ejemplar blanco de ojos dispares…

Otro mito habla de los llamados "gatos de los deseos": si alguien tiene un deseo muy fuerte, para que se cumpla debe colocar un gato en su regazo y susurrar en el oído del animal su petición. Después le ofrecerá abundantes golosinas, y si al gato le gustan, el deseo se cumplirá. Pero esto sólo ocurre si es realmente un "gato de los deseos". Aunque nadie sabe de su existencia con seguridad, porque trae mala suerte si alguien cuenta que gracias a su gato su deseo se ha hecho realidad…

Según una superstición del pueblo turco, su líder Mustafa Kemal Atatürk (fundador de la República de Turquía) renacerá algún día y se reencarnará en un Angora Turco blanco con un ojo verde y otro ámbar. Es por esto que los gatos con ojos dispares son reverenciados en Turquía y reciben el nombre de Ankara kedi.

La relación del Islam con los gatos es muy curiosa: un devoto de Mahoma debe respetar y cuidar a todas las criaturas de Alá. Debe alimentarlas, pero no permitirles que compartan su mismo espacio vital. Por esta razón, los mercaderes turcos, especialemente los vendedores de alfombras, tienen a sus Angoras Turcos en sus tiendas y almacenes.

De esta forma, este grupo social relativamente adinerado ha conseguido preservar esta raza y ayudarles a reproducirse sin contradecir sus creencias y sin tener problemas existenciales. Y por ello, el Angora Turco es también un símbolo de cierto "status" social y se considera que, si alguien te lo regala, te concede un gran honor.


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Tûatha Dé Dânann




Esta raza de seres divinos, habitantes míticos de Irlanda antes de los celtas, afirmaba descender de la diosa ancestral Danu. Ellos aportaban a Irlanda cuatro talismanes poderosos: La piedra de Fâl, que gritaba cuando quien debía ser rey la tocaba, la lanza de Lug, que garantizaba la victoria, la espada de Nûada, de la cual nadie podía escapar, y el caldero de Dagda, que lograba saciar a todo el mundo.

Muchos dioses ejercían una función particular: Ogme se especializó en el arte de la guerra, Lug en las artes y las técnicas, Goib-niu era el dios de la forja, Diancecht el dios de la medicina,… Un montón de mitos y cuentos se relacionaban con los dioses más importantes del Tûatha Dé Dânann y con su función. Dagda, el dios padre tribal, era el dios de la abundancia y de la regeneración. Este Dios poseía dos dones: una porra, en la que una de las extremidades mataba y la otra devolvía la vida, y un caldero enorme e inagotable.

Pero todos estos elementos pertenecen al simbolismo de la fecundidad. Varias leyendas relatan su unión con diversas diosas. Su asociación con la temible furia de las batallas, Morrigan, era lo que le garantizaba la seguridad a su pueblo.


http://www.webmitologia.com/dioses-tuatha-de-danann.html

Vampiros, seres de leyenda




La figura del vampiro proviene del antiguo folclore europeo. Se trata de una criatura mítica y sobrenatural con varias características peculiares. Se cree que todo comenzó en Rumania con la historia del despiadado Conde Vlad Tepes.

La leyenda cuenta que un vampiro es un ser siniestro que, a pesar de haber muerto, se mantiene indefinidamente con vida alimentándose de la sangre de sus víctimas. Tiene un carácter demoníaco, y vive en soledad en las sombras.

Entre las supuestas características de esta criatura, encontramos una profunda aberración a los ajos, las cruces y la luz del sol, y una necesidad continua de beber sangre.

Con el paso del tiempo el mito creció en otras partes del mundo. Gracias a la enorme popularidad alcanzada por esta criatura en los últimos 30 o 40 años, el vampiro del folclore clásico y de los pueblos de Europa del este se ha convertido en algo muy distinto y menos atemorizador.


http://www.ojocientifico.com/3607/existieron-los-vampiros-comportamientos-humanos-relacionados-al-vampirismo

Mito africano de las dos luminarias




De entre las numerosas leyendas del continente africano sobresale la de los negros de Senegal, puesto que acaso sean los únicos que tienen una cosmología digna de tal nombre.

Sus fábulas muestran que las dos luminarias, es decir, tanto el Sol como la Luna, estaban ya consideradas como superiores a los demás astros. El mito cosmogónico pretende establecer las diferencias de ambos cuerpos astrales, y se propone explicar -de una manera muy simple, aunque cargada de connotaciones míticas y emblemáticas- las grandes diferencias entre la Luna y el Sol. El brillo,el calor y la luz que se desprenden del astro-rey impiden que seamos capaces de mirarlo fijamente. En cambio, a la Luna podemos contemplarla con insistencia sin que nuestros ojos sufran daño alguno. 

Ello es así porque, en cierta ocasión, estaban bañándose desnudas las madres de ambas luminarias. Mientras el Sol mantuvo una actitud cargada de pudor, y no dirigió su mirada ni un instante hacia la desnudez de su progenitura, la Luna, en cambio, no tuvo reparos en observar la desnudez de su antecesora. Después de salir del baño, le fue dicho al Sol: "Hijo mío, siempre me has respetado y deseo que la única, y poderosa deidad, te bendiga por ello. Tus ojos se apartaron de mí mientras me bañaba desnuda y, por ello, quiero que desde ahora, ningún ser vivo pueda mirarte a ti sin que su vista quede dañada".

Y a la Luna le fue dicho: "Hija mía, tú no me has respetado mientras me bañaba. Me has mirado fijamente, como si fuera un objeto brillante y, por ello, yo quiero que, a partir de ahora, todos los seres vivos puedan mirarte a ti sin que su vista que dañada ni se cansen sus ojos".


http://www.guiascostarica.com/mitos/mitos_de_africa.htm

Leyenda del jorobado




Una leyenda de la región de Glengarrigh, en el sur de Éirinn, menciona lo que le sucedió a un joven jorobado. El pobre Lushmore, a quien llamaban así por que siempre llevaba una ramita de digital (*lusmore* en irish gaêl) en su sombrero, regresaba una tarde del poblado de MacCurragh, cuando el cansancio y el dolor de su joroba le obligaron a recostarse al pie de un roble junto a la entrada de Brugh de Knockgrafton, lugar que tenía fama de ser la morada de las Hadas de los Túmulos de aquella zona. Estaba por dormirse cuando una extraña canción, que no parecía interpretada por gargantas humanas, pareció emanar del interior de la tumba. Sorprendido y asustado, Lushmore presto atención a la canción, percatándose de que, a pesar de la impecable entonación, la letra estaba compuesta por solo dos frases: *Da Luan, Da Mart* (el lunes, el martes), que se repetían tres veces seguidas, separadas por un breve silencio. Luego de escucharla varias veces, en el silencio siguiente Lushmore introdujo la frase: *Angus da Cadine* (y también el miércoles), en una cadencia y tono perfectamente ajustados a la melodía. Esa vez la tonada no se reanudó inmediatamente, por lo que Lushmore comprendió que las hadas estaban deliberando, y aguardo con nervios su reacción. ¡Aquel que canta! -dijo una voz proveniente del túmulo-. Se agradece tu aporte artístico, nos ha parecido maravilloso; en premio a tu amabilidad, te invito a que veas a tus pies aquello que durante tanto tiempo te ha torturado -Cuando Lushmore, quien sentía una desusada livianidad entre sus hombros, bajó la vista, su alegría no tuvo límites al ver entre sus pies, arrugados como una flor marchita, los restos de su joroba. Cantor, Cantor: no tengas dolor. La joroba mayor que causaba pavor en tu espalda, señor, se secó como flor. Mírala sin temor en el suelo, cantor. Miró a las hadas con agradecimiento, llorando de felicidad. Aún perturbado por su cambio, emprendió el camino de regreso a su pueblo, vestido con un traje confeccionado por las propias hadas, que le quedaba como un guante. Pero una aldea pequeña como Glengarrig, no es el lugar ideal para guardar un secreto, y al día siguiente de presentarse al público sin su joroba, Jack Malden, vecino que padecía del mismo mal, pero que además era egoísta, envidioso y artero, emprendía el camino hacia Brug, en busca de alivio. Pero al escuchar el hermoso canto de las hadas, ahora con la aportación de Lushmore, Jack no pudo controlar su impaciencia e interrumpió su fabulosa música con una frase de su propia cosecha, aunque desafinada y fuera de ritmo con lo que su versión sonó algo así como: *Da Luan, da Mart; da Luan da Mart; da Lluan, da Mart; angus da Cadine da Hena* (y el jueves); pero apenas había terminado de salir la última palabra de su boca, cuando una gran fuerza lo arrastró dentro del túmulo, donde lo esperaban las hadas de manera amenazadora, a su alrededor, gruñendo y gritando como poseídas, hasta que una que parecía llevar la voz cantante se acercó al muchacho y le dijo: Jack Madden, Jack Madden! Tus letras invaden nuestra melodía que es toda alegría. Si aquí te trajimos, fue por que te oímos, pero tu aventura será desventura. Pues no nos arrobas, tendrás dos jorobas. Con lo cual el insolente joven fue condenado a cargar con la joroba de Lushmore, por lo que murió poco después de regresar a su casa, sumiendo a sus padres en la más negra desesperación, provocada por su desmedida envidia.


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El rey destronado




Dicen de la prostitución que es la más vieja profesión, pues para que se hagan una idea, el relato que nos ocupa tiene sus orígenes mucho antes de que esta desprestigiada labor acomodase sus cimientos en la especie humana. Como ya les digo, ocurrió hace tanto, tanto tiempo, que muchas cosas aún no tenían nombre y para mencionarlas, como diría mi mentor, se las señalaba con el dedo.

Así pues, todo tuvo lugar en una apartada región de la tierra en la que coexistían dos pequeñas aldeas; tengamos en cuenta que ni tan siquiera se llamaba aldeas y que este sólo es un nombre que les hemos dado ahora para entendernos; pues bien, la situación era la siguiente: una de las aldeas constantemente sufría los bárbaros ataques de la otra tribu vecina, mucho más fuerte, pero con escasa capacidad de proporcionarse los recursos necesarios sino era por medio del saqueo y la fuerza.

Y como bien les digo, los habitantes de la primera de aquellas aldeas, eran destacados por sus dotes para gobernar el fuego, la agricultura y el ganado, así como por sus escasas habilidades bélicas; al otro poblado (empleemos este sinónimo de aldea para distinguir al uno del otro) se le conocía por su fortaleza, su afición a la caza y sus pericias en el arte militar; pero entre estos dos vecinos reinaba la discordia y estaban en lucha constante.

Ahora pasemos a explicar la convivencia y el hábitat de cada una de aquellas dos tribus para hacernos una idea de la situación. La aldea, no tenía un área mayor que un campo de fútbol y estaba rodeada por una pequeña verja para evitar la fuga de los animales, pero que con el paso del tiempo y las circunstancias, tuvo que ser sustituida por una muralla de gruesos troncos acabados en punta, cuya medida sobrepasaba la altura de dos hombres. Dentro de aquel recinto, convivían animales y personas sin distinción de rango, es decir, los cerdos jugaban con los niños; las gallinas desfilaban por encima de las mesas; las vacas se paseaban por el huerto; y los hombres se descolgaban desde sus chozas como verdaderos primates. Lógicamente, las casas se hallaban elevadas sobre el suelo, en parte para aprovechar espacio, pero también para evitar las inmundicias del suelo y guarecerse un poco de los ataques invasores, que ya se sabe, cuando el agresor se adentra en la aldea, es más fácil lanzarle piedras desde arriba, que jugárselo al garrote abajo. Por supuesto, debemos entender que carecían de toda clase de gobierno o jerarquía política y es así como cabe explicarnos tanto desorden, porque como es sabido, más o menos, su fin es conseguir cierto equilibrio para alcanzar el bienestar social.

No quisiera avanzar sin antes describir un poco a sus gentes. Así pues, los habitantes de la aldea eran de constitución pequeña, podrían recordarnos algo así como los pigmeos, sin serlo naturalmente, que diferencias las hay; su piel era de un tono amarillento y su pelo era corto, lanoso y poco abundante; también carecían de vello en el resto de su cuerpo; y finalmente, cabe anotar que iban totalmente desnudos; sólo el hechicero podía cubrirse “sus partes” y según el estado de la luna, podía cubrirse con la vieja piel de un lobo.

Sin caer en la repetición, como ya se ha dicho, las actividades principales de la aldea eran el cultivo de cereales y la cría de ganado. Así que dejando atrás los parajes del nomadismo, todo empezó con el asentamiento en aquella hermosa región plagada de animales, frutas y agua; algo así como el paraíso del Edén y del que ellos fueron los primeros pobladores; pero ante la voracidad de otras tribus que iban llegando, y que amenazaban con engullírselo todo, se vieron en la necesidad de capturar algunos animales para su cría en cautiverio y asegurarse el alimento. Poco después, a alguien se le ocurrió la idea de abandonar la recolección de frutas y llevarse los árboles frutales a la parcela que habían marcado como suya. Pero qué sabían ellos de raíces y trasplantes, así que lo único que consiguieron fue arrasar algunos árboles más, que finalmente sólo les sirvieron para alimentar el fuego, su más fiel tesoro.

Cada día empezó a hacerse más urgente la necesidad de hacer crecer esos árboles y plantas que precisaban para su subsistencia y la de los animales ya domesticados. Ya se sabe que el hombre depende de la naturaleza y a esta, la especie humana, le es del todo prescindible. Bueno, hasta que por fin, una casualidad por aquí, otra por allá, un hueso o una semilla que germinaba y el milagro se hizo posible; el agua y el abono animal hicieron el resto, así que mientras en su parcela crecían plantas y se multiplicaban los animales, en los alrededores poco empezó a quedar para la caza y la recolección.

Se produjo pues, la primera incursión con saqueo en las lindes de lo que empezaba a tomar forma de aldea, aunque por el momento no era más que un simple asentamiento humano. La tribu vecina cada día se pasaba más horas con los ojos fijos en los bienes de sus vecinos. Empezó a nacer lo que más tarde alguien llamaría codicia. Fue poco después cuando se inventó el robo.

Por el contrario el poblado, como se dijo al principio, se proporcionaba los recursos para el sustento de sus gentes con la caza y la recolección de frutos. Cuando los alimentos empezaban a escasear en una zona, simplemente levantaban sus chozas fabricadas con pieles de los animales que solían cazar y algunos palos y se marchaban a otro lugar; pero desde que llegaron a esta región, saciados ya de mudanzas y esgrimidos tras muchas hambrunas en períodos de carestía, viendo el asentamiento de la otra tribu en este territorio que parecía tener agua y comida para todos, decidieron echar raíces.

Estos eran de aspecto muy robusto y su talla media alcanzaba los seis pies (casi dos metros). Buena parte de su cuerpo estaba poblado de vello, cosa que a primera vista podría conducirnos a confundirles con verdaderos primates, de no ser porque llevaban unas pieles de más, algún colgante y garrote en mano, particularidades que si no ando distraído, no son propias de los simios. Sus principales habilidades, dichas son, la caza y la lucha, los convertían en auténticos depredadores. Pero a pesar de tanta pericia, por ejemplo, no eran capaces de hacer fuego por sí mismos, y por este motivo, cual antorcha olímpica, pasaban la llama bajo custodia de unas manos a otras y si esta se extinguía, sin más, les robaban otra a los vecinos. Fue esta sencilla situación de vigilar constantemente el fuego, la que les impuso el orden y la responsabilidad al tener que establecer unos turnos rotativos de vigilancia.

Todo iba como la seda mientras había comida para todos, pero cuando llegó la época de las vacas flacas, la cosa cambió; aunque la aldea que formaba la tribu vecina, parecía haber dado con la solución a sus necesidades alimenticias, pero bastaba un descuido de sus gentes para que los hombres del poblado vecino acudiesen a saquearles su hacienda, en vista de que carecían de los conocimientos suficientes para proporcionarse el alimento como lo iban haciendo sus vecinos en los últimos tiempos.

Acostumbrados a la caza, acechaban a su víctima desde una colina, y cuando esta quedaba desprevenida, por ejemplo ante el sopor que acaece tras una opulenta comida, armados con lanzas, garrotes y piedras se abrían en batida sobre la aldea, desvalijándola de todo cuanto pudiesen arrastrar hasta su poblado; incluyendo alguna mujer para disfrute personal (por supuesto, en contra de su voluntad por lo que no puede decirse que hubiese prostitución) y exhibir su autoridad con ello.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco saqueos les llevaron a convertir la valla para el ganado en un muro de troncos. Talaron un buen pedazo del bosque cercano y con la ayuda de algunos de los animales que les quedaron, iban trayendo a la aldea toda aquella madera con la que erigirían una muralla inexpugnable. Que decir de aquellas gentes sino que eran verdaderas hormigas laboriosas; no eran diestros para el combate dada su constitución física, pero sabían utilizar la cabeza y las manos.

Así que en poco tiempo, desde lejos ya podía verse la muralla de la aldea, para asombro de otras gentes, que veían como la nevera se quedaba vacía; no es que la hubiese por aquel entonces; es sólo un decir. Los frutos del saqueo se consumían sin renovación, entonces era necesario una nueva visita a los vecinos, pero la muralla alimentaba su inquietud, alimento que nada tiene que ver con el estómago.

Enviaron una avanzadilla de espías para que observase si había guardias, puertas, movimientos que permitiesen algún descuido... De cuando en cuando, salían al río a por agua y esta era su oportunidad. Enviaron pues un emisario para comunicarles el punto débil por el que atacar: en aquel momento las murallas se abrían y unos cuantos bajaban al río, a los que también podrían tomar como rehenes si la cosa se ponía fea. La comida estaba en la mesa.

Marchó entonces una pequeña tropa, que se escondió al acecho tras los árboles esperando a que los otros diesen la señal. Cayó la noche; se levantó el día; las puertas se abrieron... y antes de que nadie saliese, ya estaban todos dentro yendo a golpe de maza a derecha e izquierda. Puñetazos, patadas, golpes de garrote, codazos, estocadas con lanza, cabezazos, pedradas,... Había de todo.
Según balance, el ataque costó tres bajas, veinticuatro dientes, una lengua, dos brazos, una pierna, siete dedos, cuatro pies, una mano, tres orejas, un testículo, cinco narices, un ojo, dos mujeres, doce tomates, nueve gallinas, una cabra, dos conejos, nueve naranjas, quince manzanas, siete mazorcas de maíz, dos melones, un caballo, un antílope, un carro, tres cerdos, cinco antorchas y también ardieron tres cabañas.

Lógicamente, los frutos del saqueo no darían para comer ni en un mes de racionamiento estricto, así que pronto sería necesario otro ataque; pero hasta entonces, se podía disfrutar de unos días de paz, que por cierto, vendrían muy bien para recuperarse de las heridas del combate, no en esta tribu, sino en la vecina, por cierto, bastante maltrechos a comparación de sus atacantes que sólo tenían algún que otro chichón en la cabeza.

Y aparentemente casi sin venir a cuento, un día llegó al punto de origen de nuestro relato un viejo bajito, barbudo, de pelo blanco, apoyándose en un extraño bastón y pidiendo un lugar en el que reposar las fatigas de su viaje durante un corto plazo de tiempo. Dado que su aspecto no revestía peligro alguno, le dejaron cruzar la cancela de su aldea y a partir de aquel momento, quien en su día sólo era un simple peregrino, transcurridas ya más de ocho lunas, se convirtió en mucho más que un miembro de la tribu. No paraba de relatar las fantásticas aventuras de un grandioso reino de que él era su monarca, aunque fue derrocado injustamente por su hijo ilegítimo y conducido al exilio por sus dos últimos seguidores con vida, que perecieron poco después en las fauces de un dragón volador.

Muchos atendían con asombro ante la mirada inquisitiva de sus ojos grises, que se tornaban más sombríos mientras aquel extraño personaje caracterizaba sus historias gritando y gesticulando amenazas con su melena enmarañada que le confería un aspecto misterioso, que algunos no dudaban en calificar de enajenación. Pero bueno, él hablaba bajo simulando evitar ser oído por los espías que acechaban su trono; describía con rugidos el sonido atronador de un tipo de guerra desconocido para las gentes de la aldea; iba detallando los palacios, templos y ciudades que se erigían para exhibir toda la majestad de su reino; los ataques de unas bestias surgidas de los avernos y el valor de los caballeros que las combatían..., todo, mientras mostraba algunos trucos que probaban su sabiduría, una vez más, ante el asombro de sus incrédulos oyentes.

Para estas gentes, no cabía imaginar un reino, ni historias, ni bestias similares, así que aunque no gozase de credibilidad, todos disfrutaban con sus relatos sentados entorno al fuego ante la tranquila llegada de la noche.

Pero una vez más, la paz iba a acabarse, pues el poblado vecino ya planeaba un nuevo ataque. Aunque gracias a eso que llaman casualidad, el hechicero de la aldea, que había salido a recolectar unas hierbas para sus pociones, pudo percatarse de unas sombras que a lo lejos se movían en la noche rumbo a ya imaginamos dónde. Así que no dudó en desprenderse de todos los hierbajos con que cargaba y salir a la carrera en una marcha nocturna y atolondrada de cerca de dos horas de duración.

Si lo hubieseis visto llegar lleno de arañazos, con las rodillas ensangrentadas, cubierto de barro, con los pellejos de lobo que vestía desgarrados como si él acabase de salir de las entrañas del animal tras ser ingerido, o escupiendo palabras indescifrables entre el vacío que le habían dejado los dientes que con anterioridad perdió en combate, sin duda os habría resultado una escena cómica.

Rollos a parte, alertadas sus gentes, corrieron todos temblorosos a refugiarse en lo alto de las chozas. Nuestro visitante era la primera vez que percibía el pavor y la huída acostumbrado al valor y la lucha. No lo dudó y como en muchas otras ocasiones, solo, en medio de esta aldea en apariencia deshabitada, se encaminó hacia las puertas a esperar al enemigo.

Con los primeros claros del alba, pudo distinguir movimiento detrás de unos arbustos; sin duda, ver la cancela abierta de par en par, sin actividad alguna por los alrededores había causado sorpresa. Allí estaban los atacantes discutiendo cómo actuar e indagando acerca de lo que podía haber acontecido en la aldea. Tras unos momentos de meditación y haber consultado con los altos mandos, se decidieron a ir a la carga. Así que en línea de batallón, salieron todos al galope como una estampida incontrolable camino de la aldea.

Doscientos metros... Ciento cincuenta metros... Cien metros... cincuenta metros... Veinticinco metros... Y de pronto un hombre sale de detrás de la puerta gritando furiosamente con un bastón en alto y haciendo unos ademanes que asustarían al más feroz de los leones. Instantáneamente, todos se detuvieron desconcertados, pero despavoridos huirían cuando viesen salir llamas de la boca de aquel anciano de melena blanca y desordenada.

¿Qué criatura de este mundo es capaz de prodigios semejantes?. Por aquel entonces, en parajes similares, pocos efectos especiales cinematográficos existían. No hay duda de que algo de maligno había pues en aquel personaje.

Poco a poco, dentro de la aldea, mientras miraban con recelo al autor de tales portentos, todos fueron descolgándose de sus cabañas sin dar crédito a lo sucedido. El enemigo había sido derrotado. Pero no se habló más que para decir que necesitaban formar una comitiva e ir a visitar al poblado enemigo. Nadie se atrevió a dudar de los designios de aquel hombrecillo que sacaba llamas por la boca, chispas por los ojos, furia por todos sus poros y que blandía una vara como el mayor de los instrumentos de combate.

¡Unos hombres descienden por la colina!. ¡Están subiendo la ladera!. No eran estas sus palabras pero sirven para decirnos que esta comitiva se estaba acercando al poblado.

Era de esperar que con garrote en mano y enseñando los dientes, esperarían a sus visitantes, pero no nos precipitemos al juzgar coraje o valentía, porque aún no habían visto a aquel hombre bajito, barbudo, de pelo blanco, apoyándose en un extraño bastón (el hombre que escupía fuego por si andan en despiste).
Todos estos bravos guerreros se refugiaron detrás de las anchas espaldas del cabecilla, aunque el volumen de su cabeza podía poner en duda este título.

Pues bien, allí estaba el enemigo casi reducido a guano (es un decir) ante un hombrecillo que afirmaba ser capaz hasta de oscurecer el sol ¡fíjense!, y para que nadie tuviese a mal juzgar sus palabras, iba a demostrarlo allí y ahora mismo.

Qué sabían ellos de fakires, astrología o eclipses; el caso es que cuando el sol se oscureció, todos se arrodillaron ante el hombrecillo y sus inconcebibles proezas. Pero yo sé que sólo era un anciano cansado de combates y largos viajes por los confines del planeta y que tras numerosas hazañas y descubrimientos, buscaba un lugar tranquilo en el que aguardar ya su muerte.

De esta forma llegaron ya al fin de las disputas y fue así como por primera vez en la historia (al menos con testimonio escrito), la razón se impuso sobre la fuerza; los débiles hallaron armas para combatir la tiranía de los más fuertes. Algunos dicen también que a partir de aquel suceso, se inventó la religión y el culto a los astros o las fuerzas de la naturaleza; lo cierto es que tampoco podían explicarse lo acontecido de otro modo, pero bueno, ese es un tema del que ya hablaremos otro día.


Texto enviado por Daniel Balaguer, El baúl de las viejas historias

El druida Abriarix




Cuenta la leyenda que existió un druida llamado Abriarix, el cual formó su propio ejército con el fin de unificar a las tribus Celtas de la región de Galia, para invadir la Isla de Bretaña, luego Germania y así formar un solo imperio Celta bajo su mando.

En un principio ganó una gran adhesión por parte de algunas tribus, sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que se hizo famoso por la crueldad con que trataba tanto a enemigos como aliados; su falta de respeto por los rituales ancestrales, como no devolver a la tierra los favores solicitados en el combate, y hasta valerse muchas veces de las fiestas religiosas para atacar a las demás tribus mientras los guerreros estaban celebrando y bebiendo.

El equilibrio estaba roto y el Gran Consejo de Druidas se reunió para analizar la situación.

De todo el territorio galo llegaron miembros al escuchar “el llamado del viento”.

Abriarix se negó a asistir y renegó de la autoridad del Consejo.

Se decidió enviar entonces a una delegación a dialogar con él y exigirle que la armonía fuera restaurada.

A las dos semanas volvió el más joven de los enviados con un mensaje de Abriarix.

Su lengua había sido cortada, sus ojos vaciados y sus oídos quemados.

Pudo llegar gracias a su hermoso perro labrador.

En su morral traía las cabezas de los otros dos emisarios, ambos aún se encontraban con las facciones contraídas por el dolor.

Habían sido ejecutados sin ningún tipo de sedante, sus almas vagarían presas del dolor por la eternidad.

Semejante sacrilegio no podía ser tolerado.

Se necesitaba un héroe, alguien con la fuerza suficiente como para derrotar a la guardia del renegado y poder darle muerte.

Sólo existía un hombre capaz de tal proeza,

Bretengetorix, el más joven de los jefes de tribus, nunca vencido en combate singular, iniciado en las artes druídicas hasta que una visión en sueños le dijo que su destino era ser el Jefe de la Tribu.

Rápido como el lobo, astuto como la comadreja, sabio como el búho, fuerte como el oso y noble como el águila, nadie más podría vencer a Abriarix si lo retaba a duelo, el cual estaba obligado a aceptar según las leyes, ya que de no hacerlo, corría el riesgo de perder el respeto de sus hombres.

Lamentablemente los que lo habían retado antes habían caído en los trucos y trampas de Abriarix, trucos que Bretengetorix conocía muy bien gracias a sus primeros años de estudio.

Sin embargo el cuervo, que había sido enviado a espiar al Consejo, fue más rápido que el viento y le informó de los planes a Abriarix.

Esa misma noche, y por la traición de uno de los guardias, Bretengetorix fue drogado y tomado prisionero, no sin antes enviar a diez de sus captores al encuentro con los dioses.

Necesitaron la dosis de droga usada para igual cantidad de hombres antes de que las fuerzas abandonaran al valiente guerrero.

La noticia se difundió rápidamente.

El gran Bretengetorix estaba prisionero en las mazmorras de la ciudad de Courdon, donde había sido desangrado hasta perder el conocimiento, y así se le dejaría como muestra de que ningún poder humano podía oponerse a Abriarix.

El consejo no sabía qué hacer.

Los signos eran inequívocos, si el equilibrio no era repuesto pronto, grandes males caerían sobre las tribus.

Mientras tanto en Audencia, la prometida de Bretengetorix, Fandala, que era aprendiz de druida, le pedía a todos los animales que le llevaran su aliento a Bretengetorix, pero ninguno se atrevía a acercarse siquiera a la fortaleza de Courdon.

Las serpientes rodeaban el muro exterior y los cuervos ensombrecían el cielo de la ciudad, hasta se rumoreaba que criaturas “del otro lado” custodiaban el lugar.


http://www.xente.mundo-r.com/fillosdebreogan/leyendas28.html

Los Porotos Blancos




Había una vez un hombre muy bueno, pero se sentía desdichado. Un día pensó que su infelicidad terminaría si vendía su alma.

Para ello se concentró e invocó a Kitzin, que concurrió rápidamente a su encuentro.

-¿Para qué me invocas?- preguntó Kitzin.

- Quiero vender mi alma y pensé que estarías interesado en tenerla- respondió el hombre.

Por supuesto que Kitzin estaba interesado en quedarse con el alma de un hombre bueno y le dijo:- ¿Qué quieres a cambio de tu alma?

-Te haré siete pedidos. Uno por cada día de la semana.

-Concedido- respondió Kitzin- pídeme lo que quieras.

El primer día, el hombre pidió dinero. Inmediatamente sus bolsillos se llenaron de monedas de oro.

El segundo, pidió buena salud y pronto se sintió fuerte como un buey.

El tercer día exigió comida. Y su mesa se cubrió de los más exquisitos manjares que degustó hasta hartarse.

El cuarto día, pidió mujeres. Al instante se vio rodeado de las más bellas mujeres que jamás había visto.

El quinto día pidió poder. Y vivió como el más importante de los caciques.

El sexto día deseó viajar a tierras lejanas y en un instante fue trasladado a los lugares más exóticos y pintorescos del mundo.

Kitzin le dijo- Piensa bien lo que quieres, pues te queda un solo deseo por cumplir y tu alma será mía.

El hombre respondió: solo quiero que laves esos porotos negros hasta que se vuelvan blancos.

Kitzin se rió a carcajadas ya que ese pedido era muy fácil. Kitzin se puso a lavar los porotos pero no había manera de que cambiaran de color.

Pronto Kitzin se dio cuenta que había caído en una trampa y había perdido un alma.

Entonces Kitzn dijo: Esto no debe volver a ocurrir. A partir de ahora habrá porotos negros, blancos, amarillos y rojos.


http://cuentos-infantiles.idoneos.com/index.php

Ka: la energía espiritual




Según los antiguos egipcios, el cuerpo abrigaría varias entidades o formas de estado.

El Ka
Representa, según las interpretaciones, el doble vital espiritual del individuo, su esencia divina, su personalidad limpia.

Es la energía espiritual que anima y da vida a los hombres y a los dioses. ¿Podemos considerar que es la réplica inmortal del individuo, o sea, nuestra alma? El Ka es estático e inmutable. Los dioses pueden poseer varios, según su potencia, o su rango en la jerarquía teogónica.

El Akh
Fuerza inmortal insuflada por los dioses, y que permite al difunto cumplir su viaje hacia las estrellas. Descrito como una chispa luminosa, a menudo lo representamos por un ibis.

El Bâ
Espíritu encerrado en el cuerpo desde el nacimiento, recupera su libertad después de la muerte. Su símbolo es un pájaro en cabeza humana.

El Shout
Sombra inmaterial, es indisociable del cuerpo. Acompaña el difunto en el momento de su viaje en Más allá.

El pájaro Benu
Pájaro sagrado que se parece a una garza cenicienta, adorada en Heliópolis y asociada con el culto solar. Cuando aparece este pájaro en el cielo egipcio, es portador de alegría y de última esperanza, la de un renacimiento después de la muerte. El pájaro Benu es el equivalente al Fénix de los griegos, parecido a un águila.


http://www.webmitologia.com/dioses-ka-energia-espiritual.html

Leyenda de Pegaso




Pegaso es un caballo alado. Su nombre proviene de la palabra griega phgh, que significaba manantial, pues se decía que había nacido en las fuentes del Océano.

Hay varias versiones de su nacimineto. Por un lado se decía que había nacido del cuello de la Gorgona, cuando Perseo la mató en el mar. En esta perspectiva, resulta que su padre es Poseidón, y Crisaor su hermano gemelo.

Otra versión sostiene que nació en la tierra, fecundado por la sangre derramada de la Gorgona, cuando Perseo la mató.

Una vez que nació, Pegaso fue al Olimpo, donde se puso a las órdenes de Zeus, al llevarle el rayo.

El papel de Pegaso más importante es en la leyenda de Belerofonte, sobre la que hay diversos argumentos. Por un lado, se decía que Pegaso había sido regalado a Belerofonte por la diosa Atenea (diosa de la sabiduría), pero según otras historias fue Poseidón el que dio el caballo a Belerofonte. También se contaba que el héroe lo había encontrado, cuando bebía en la fuente de Pirene.

Fue gracias a Pegaso que Belerofonte pudo matar a la Quimera y lograr por sí solo la victoria sobre las Amazonas.

Cuando Belerofonte muere, Pegaso volvió a la morada de los dioses. Tiempo después, se dio el concurso de canto que enfrentó a las Musas con las hijas de Píero. El Monte Helicón estaba muy complacido por la belleza de las voces, por lo que empezó a crecer amenazando con llegar al cielo.

Al ver el peligro, Poseidón le ordenó a Pegaso que fuera y golpeara a la montaña con uno de sus cascos para ordenarle qe volviera a su tamaño normal, a lo que la montaña obedeció dócilmente. Pero, en el lugar donde Pegaso la había golpeado brotó la Fuente Hipocrene, o Fuente del Caballo.

Por último, Zeus lo convirtió en Constelación, para que fuera eterno. Cuando esto sucedió, un pluma de sus alas cayó cerca de Tarso, y así la ciudad adoptó su nombre.


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