Algunas divinidades celtas

La palabra celtas aparece por primera vez en la Periégesis del geógrafo e historiador griego Hecateo de Miletos, contemporáneo a las guerras Médicas, y el primero que en sus Historias o Genealogías trata de separar lo real, lo histórico, de la poesía y de los mitos. Los romanos, por su parte, abrazaron con el nombre de Galli (galos) a todos los pueblos de raza céltica que habitaban no solamente la Italia del Norte y la Alemania del Sur, sino los países entre el Rhin y los Alpes, los Pirineos y el Océano.

Como todo pueblo primitivo, los celtas eran politeístas, y cada país veneraba a sus divinidades regionales, a las que vinculaban, mayormente, en aguas, montañas y animales. También contaban con una demonología bastante completa, más importante seguramente en la vida diaria que los grandes dioses. De hecho, ciertos escritores antiguos dicen que los galos creían en una especie de espíritus elementales llamados Dusi, palabra traducida al latín como incubi y succubi.

El culto a las aguas (manantiales, fuentes o ríos) estaba muy extendido. Diva, Deva, Devona (la divinidad), era una apelación frecuente de los ríos galos. Los actuales ríos franceses que empiezan con Dive no son otra cosa sino los Diua galorromanos, deformación de Deua, diosa. Borvo, Bormo o Bormanis (el hirviente), dios de las fuentes termales, se reconoce aún en ciertos nombres de estaciones famosas a causa de la temperatura de sus aguas.

Pero la más característica de estas divinidades de las aguas era la diosa Epona, especie de Hipocrene griega (epos, ona = hippos, krene), fuente caballita. El caballo que la acompañaba siempre formaba con ella un dúo inseparable. Era también la diosa de la abundancia agrícola, pues nada fertiliza el suelo mejor que el agua.

Esta diosa fue la única divinidad celta que tuvo un puesto honroso en el panteón greco-romano. La caballería celta que combatía junto a las fuerzas romanas hizo popular el culto a esta diosa hasta en los países de Oriente. Naturalmente, su propio nombre epos, caballo, la había hecho diosa de la caballería.

Los celtas también divinizaban la cima de las montañas, como el pico Ger (garrus deus) de los Bajos Pirineos, que fue una divinidad hasta fines de la época romana. Otros se convertían en morada de los dioses; por ejemplos, Dumias, dios tutelar del Puy de Dome, que acabó siendo un epíteto de Mercurio, cuyo templo se levantaba en su cumbre. La Montaña Negra (mons Abona), los Ardennes (silva Arquenna), etc., eran también divinidades. Los árboles y los bosques también eran adorados.

Entre algunas divinidades figuran: Vosegus, dios de los Vogos; Ardvina, ninfa de los Ardennes; Robur, Fagus, Abellion, Buzeno, los dioses-árboles roble, haya, manzano y boj. Entre los animales sagrados están el caballo, el cuervo, el toro y el jabalí. El toro también fue objeto de culto especial, considerando que en muchas mitologías y religiones primitivas, como la egipcia y la minoica, se tiene en cuenta a este animal, símbolo de fuerza y del poder generador.

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